Caminé de regreso hacia la mesa de cristal templado de la cocina, forzando a mi cuerpo a sostener esa postura recta y rígida, que me servía como armadura en medio de la penumbra.
Al aproximarme a la barra, me topé de frente con la fría realidad del desastre. El documento estaba listo, sobre la superficie pulida de la mesa, mostrando las cláusulas de rescisión con una claridad que me revolvía el estómago de pura agitación. Cada una de las líneas, pproyectaban como un puñal directo que trituraba