El sonido estridente de la cerradura oxidada al ceder resonó en el pasillo estrecho del edificio, rompiendo la calma ficticia de mi retorno.
Empujé la vieja puerta de madera con el hombro, arrastrando mis dos maletas de viaje hacia el interior de la pequeña sala de estar con un cansancio absoluto que me pesaba en las costillas. Al encender el interruptor de la pared, la luz parpadeante de la bombilla desnuda reveló las dimensiones exactas del lugar de donde me había marchado hacía seis meses en