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CAPÍTULO 10: LA PRIMERA NOCHE A SOLAS

Di un paso atrás de inmediato, fingiendo que revisaba las las páginas que estábamos anexando al documento, y que estaban aun sobre la elegante carpeta.

Mis ojos pasaron rápidamente una vez más, por las cláusulas de financiamiento de mi estudio y el anexo escrito a máquina, que sus abogados acababan de añadir con mis cinco reglas y su nueva cláusula familiar.

Apoyé el documento sobre la mesa de caoba, con un trazo firme, rápido y decidido, estampé mi firma una vez más, en la línea de la derecha.

Acababa de vender mi libertad y de ligar mi destino al suyo por los próximos seis meses.

Ezra tomó el bolígrafo justo después de mí y, con una caligrafía impecable, aristocrática y dominante, firmó en la línea de la izquierda, sellando nuestro pacto de guerra de forma oficial.

Trato hecho, futura señora Vardan —sentenció, soltando el bolígrafo con un clic seco que resonó en el silencio del penthouse.

El eco del clic metálico me dio un vuelco directo en el estómago.

El juego comenzó oficialmente —continuó él, mirándome con fijeza—. Tu equipaje esencial ya fue trasladado, por mi equipo de seguridad y está en la suite del sector norte. Te sugiero que vayas a instalarte y elijas un buen diseño de tu armario.

¿Para qué tanta prisa? —pregunté, frunciendo el ceño mientras guardaba mi bolso de mano.

Ezra se reclinó con elegancia contra el ventanal, mirándome de arriba abajo con esa intensidad implacable que me nublaba los pensamientos.

Porque mi padre acaba de convocar a una cena de emergencia para mañana por la noche en la mansión principal de la familia —respondió con una tranquilidad exasperante.

La sola mención de su padre hizo que el aire se volviera denso a mi alrededor.

Y Cristhian Olmos, junto con su nueva esposa Vanessa, también están invitados debido a las alianzas textiles de la corporación —soltó la bomba sin parpadear—. Prepárate, Bianca. Mañana es tu primera batalla en el infierno, y tu ex novio estará en primera fila para ver si eres capaz de sostener el peso de mi apellido frente a los monstruos reales.

Giré la cabeza hacia la enorme pared de cristal del penthouse, viendo cómo las nubes negras de la tarde comenzaban a cubrir los rascacielos de la ciudad. Dejándolo con sus abogados que estaban todavía con él.

Había firmado mi entrada voluntaria a una jaula de oro perfecta, y la primera prueba de fuego me obligaría a sentarme a la mesa con las personas que más odiaba en el mundo, tomada de la mano del hombre más peligroso de todos.

Caminé con paso firme hacia el pasillo del sector norte, huyendo de las miradas de los abogados y del porte imponente de mi falso prometido. Una hora después, me indicaron que la comida estaba lista.

La cena se sirve en absoluto silencio.

Los meseros de la torre habían dispuesto los cubiertos sobre la mesa de comedor de cristal negro y se habían retirado a prisa. La amplitud de la sala hacía que cada sutil tintineo de los cubiertos rebotara contra las paredes, volviendo el ambiente insoportable.

intente ignorar la magnética y abrumadora presencia física de Ezra, pero me resultaba una tarea completamente inútil.

Él se había desabotonado los primeros botones de la camisa y se había arremangado las mangas hasta los codos. Cada vez que levantaba su copa, mis ojos se desviaban involuntariamente hacia sus antebrazos firmes y varoniles. Su mera cercanía física llenaba la habitación, asfixiándome con su perfume de madera y ámbar.

Ezra mantenía la vista en su plato con una calma glacial, pero la ligera rigidez de sus hombros delataba que no era ajeno a la situación. De pronto, levantó los ojos grises, atrapándome mirándolo.

Si sigues analizándome de esa manera, Bianca, voy a creer que tienes problemas para cumplir tu propia regla de oro —afirmó con una sonrisa cargada de arrogancia calculadora.

Solo pensaba en lo mucho que desentona tu actitud con este lugar, Vardan —mentí sin pestañear, obligándome a sostenerle la mirada—. El lujo te queda grande cuando estás solo.

Ezra soltó una risa corta y ronca que me erizó la piel.

Mientes muy mal, pequeña diseñadora. Tu respiración se altera cada vez que doy un paso hacia ti. No te molesta mi actitud, te asusta lo que te provoca.

Apreté los dientes, dejando la servilleta sobre la mesa con brusquedad. No iba a permitir que se burlara de mis nervios.

Tu ego es insufrible. Cumpliré con el contrato mañana frente a Cristhian, pero esta noche no tengo por qué escucharte. Terminé de cenar.

Me levanté de la silla y me dirigí de inmediato a la suite asignada. Al entrar, vi que su equipo ya había ordenado todos mis cuadernos de dibujo, mis hilos y mis vestidos viejos en el lujoso vestidor. Al irme a dormir, cierre con seguro la puerta de mi habitación independiente.

Extendí la mano hacia el pomo de latón brillante y pasé el cerrojo con un movimiento rápido y decidido. El sonido del metal encajando en el marco de la puerta resonó con fuerza, ofreciéndome una pequeña y necesaria sensación de seguridad dentro de su palacio de cristal.

Me apoyé contra la madera, intentando calmar los latidos de mi corazón.

Solo son seis meses —me recordé en un susurro en medio de la penumbra—. Seis meses para salvar el estudio de diseño y destruir el orgullo de Cristhian. No te vas a quebrar ahora, me dije.

Me quité la ropa y me puse un camisón sencillo de satén blanco antes de meterme entre las sábanas de seda. El tejido era sumamente suave, pero mi mente era un caos que no me dejaba descansar. La cara de envidia de Vanessa, el boicot financiero de mi ex novio y el frío invierno en los ojos de Ezra se mezclaban en mis pensamientos.

Tardé horas en conciliar el sueño, dando vueltas en la colchonería de lujo. A las tres de la mañana, un leve crujido en el pasillo principal me hizo abrir los ojos de par en par.

Me senté en la cama, conteniendo la respiración mientras la adrenalina se disparaba por mis venas.

En el pasillo exterior se escucharon unos pasos lentos, firmes y pausados. Eran unos pasos pesados y elegantes que reconocería en cualquier parte. Ezra estaba caminando en medio de la madrugada.

Para mi horror, los pasos se detuvieron exactamente frente a la puerta de mi habitación. La sombra de su cuerpo bloqueó la tenue rendija de luz del pasillo, proyectándose en el suelo de mi cuarto.

El silencio que siguió fue sobrecogedor. Sostuve la colcha contra mi pecho, inmóvil, mirando fijamente la cerradura que había asegurado horas atrás. Sentía su abrumadora presencia física al otro lado de la madera, como si pudiera leerme a través de las paredes. ¿Iba a intentar romper sus promesas corporativas?

Después de dos minutos eternos, un suspiro profundo y ronco atravesó el umbral, seguido del sonido de sus pasos alejándose lentamente de regreso hacia al sector sur.

Me dejé caer contra las almohadas, con el pulso desbocado y la piel de gallina. Ezra Vardan no había tocado el pomo de la puerta, pero se había asegurado de recordarme que, aunque me encerrara con doble seguro, yo seguía viviendo bajo sus estrictas reglas y en sus peligrosos dominios.

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