El apartamento de Maximiliano, el silencio era pesado, casi insoportable, roto apenas por los gemidos febriles de Emma. El hombre, con la camisa pegada al cuerpo por la humedad y el corazón estrangulado de miedo, acariciaba con torpeza el cabello enmarañado de su hija.
Ella no abría los ojos. Solo murmuraba un nombre entrecortado, repetido una y otra vez, como un faro en medio de la fiebre.
—Ana Lucía… Ana Lucía…
Maximiliano cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo la desesperación le mordía l