El sol ya estaba bien alto cuando Ana Lucía llegó frente al imponente edificio de cristal que albergaba las oficinas centrales del imperio Santillana. A esa hora, el movimiento en los alrededores era constante: trajes elegantes cruzaban las puertas giratorias, empleados con carpetas en mano caminaban con prisa, y los autos de lujo desfilaban frente al estacionamiento privado.
Ella ajustó la correa de su bolso, respiró profundo y avanzó. Vestía un conjunto sobrio, delicado, de pantalón beige cla