En el corazón del viejo barrio donde aún las veredas se llenaban de voces al caer la tarde, Ana Lucía tocaba la puerta de la casa de su abuela. Una casa modesta, con su porche de madera y sus macetas de albahaca colgando en la entrada.
La puerta se abrió de inmediato, y una anciana de cabellos blancos y sonrisa suave la recibió con los brazos abiertos.
—¡Mi niña bonita! ¿Qué haces por aquí sin avisar? Me hubieras llamado y te esperaba con café caliente.
Ana Lucía se dejó envolver por el abrazo