La tarde empezaba a desvanecerse, fundiéndose lentamente con las sombras violetas del anochecer. En la casa de la abuela de Ana Lucía, el aire olía a jazmines y al café que se había preparado un rato antes. Los minutos pasaban lentos, casi como queriendo retener la calidez del momento.
Ana Lucía acomodó su bolso sobre el hombro y suspiró hondo. Su abuela, de rostro sereno, pero ojos preocupados, la miraba desde el marco de la puerta.
—¿Estás segura de que quieres volver esta misma noche? —pregu