El cielo de la ciudad se extendía gris, cubierto por nubes suaves como algodón sucio. Desde el ventanal del salón, el jardín se veía inmóvil, con las flores ligeramente agitadas por una brisa fresca. En el interior, la casa permanecía en silencio, salvo por el eco lejano de una serie infantil que sonaba apagada desde la televisión del cuarto de Emma.
Catalina estaba sentada en uno de los mullidos sillones del salón principal, con una taza de té entre las manos perfectamente cuidadas. Vestía rop