El reloj digital sobre el escritorio de Maximiliano marcaba las 7:19 a. m.
Los ventanales altos dejaban pasar los primeros rayos de sol, tibios y pálidos, que coloreaban con tonos dorados el suelo pulido de la oficina. A lo lejos, la ciudad apenas despertaba; el murmullo de los autos empezaba a ascender como un eco lejano, amortiguado por los cristales dobles del edificio.
El silencio era casi absoluto, interrumpido solo por el zumbido de la cafetera y el crujir tenue de las hojas de papel que