El reloj de pared del salón de Catalina marcaba las 7:45 p.m. El tic‑tac incesante golpeaba el silencio como un latido metálico, paciente, implacable. En la calma del departamento, cada segundo parecía una sentencia. El aire acondicionado susurraba un murmullo constante, enfriando el ambiente más de la cuenta, como si respondiera a la frialdad que crecía dentro de ella.
Desde el ventanal de doble hoja, la ciudad se desplegaba en un tapiz de luces titilantes, como diminutas estrellas urbanas que