La humedad del Caribe le pegó de lleno apenas descendió del avión. El aire caliente y espeso se coló por su blusa de seda, haciéndola fruncir el ceño como si el clima tuviera la culpa de su incomodidad. Catalina no estaba acostumbrada al desorden del aeropuerto, ni al murmullo constante en varios idiomas que zumbaba como abejas alrededor de ella. La terminal era pequeña, agitada, y llena de gente que se reencontraba con sonrisas. Ella caminaba entre ellos con la frente alta, arrastrando una mal