La noche cayó sin pedir permiso, envolviendo la mansión en un manto de sombras suaves y silencios densos. Las luces tenues del pasillo apenas rompían la oscuridad, y los relojes parecían marcar el tiempo más lento de lo habitual.
Ana Lucía estaba sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada perdida en el ventanal. Las cortinas ondeaban apenas con la brisa de junio, y más allá, el jardín se veía oscuro y quieto, como si también estuviera conteniendo el a