La cocina de la mansión estaba sumida en una penumbra acogedora. Solo la lámpara colgante sobre la barra central proyectaba una luz cálida que dibujaba sombras suaves sobre las superficies de mármol. El reloj digital marcaba las 12:47 a m. y el silencio envolvía la casa con una calma casi sagrada. Ana Lucía, con una camiseta de algodón holgada que le llegaba a medio muslo y el cabello recogido en un moño descuidado, sostenía un vaso de agua entre las manos. Sus pies descalzos rozaban el suelo f