La noche había caído con suavidad, como una manta tibia sobre los tejados de la mansión Santillana. En el jardín, el aire olía a pasto fresco, a galletas dulces todavía flotando en la memoria y a la felicidad que deja una tarde bien vivida. Las luces solares titilaban entre las flores como luciérnagas artificiales, y en medio del césped, la manta donde Ana Lucía y Emma habían compartido su merienda estaba ahora desordenada, como testimonio de risas y cuentos inventados.
—Ven, mi niña, es hora d