La tensión colgaba en el despacho como una lámpara antigua que nadie se atrevía a tocar. El aire se sentía espeso, cargado de los restos de una tormenta que aún no se iba del todo. Maximiliano permanecía de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón, observando la puerta cerrarse tras Ana Lucía y Emma. Aún tenía el ceño fruncido, pero sus ojos brillaban con algo que no era precisamente enojo.
Mariela, aún cubierta de restos de harina en el cabello y la blusa, se acercó con paso firme. Cad