Ana Lucía salió de la habitación de Emma con una sonrisa dibujada en los labios, aún escuchando las risitas suaves de la pequeña detrás de la puerta mientras jugaba con su peluche, envuelta en su toalla de osito. El pasillo estaba tibio, impregnado con el aroma dulce de las flores frescas que siempre adornaban los jarrones en la mansión. Las luces amarillas, tenues y cálidas, creaban un ambiente acogedor, casi como si el hogar quisiera abrazarla después del ajetreo de esa mañana llena de caos.