El apartamento de Mariela olía a encierro y perfume rancio. Maximiliano golpeó la puerta con tal fuerza que los vecinos abrieron de reojo sus puertas, curiosos, pero nadie se atrevió a intervenir. Al cabo de unos segundos, la puerta se entreabrió apenas, mostrando un ojo enrojecido, nervioso.
—¿Maximiliano? —murmuró ella, con la voz temblorosa.
De un empujón él abrió la puerta y entró, cerrándola detrás con un portazo seco. El ambiente era opresivo: cortinas corridas, botellas vacías en la mesa, papeles tirados por el suelo. Mariela retrocedió unos pasos, encogiéndose contra la pared.
—¿Qué quieres? —balbuceó.
Maximiliano la miró con una mezcla de furia y compasión. La veía temblar, con el maquillaje corrido, con la respiración agitada como un animal acorralado.
—La verdad, Mariela. —Su voz era un cuchillo—. Quiero que me digas exactamente qué hiciste. Y quién te lo ordenó.
Ella se mordió los labios, intentando sostener la mirada. Pero el peso de su culpa era demasiado.
—Yo… yo no que