El amanecer en el hospital llegó gris y silencioso, como si las nubes pesadas se hubieran aferrado al cielo para no dejar pasar la luz. El pasillo olía a desinfectante, a café recalentado y a un leve perfume de flores marchitas que alguien había dejado en una esquina. El sonido repetitivo de los monitores cardíacos se mezclaba con pasos apagados de enfermeras que se deslizaban de habitación en habitación.
Dos días habían pasado desde la detención de Catalina. Dos días en que el mundo parecía haberse detenido dentro del cuarto de Ana Lucía. El reloj colgado en la pared avanzaba con cruel indiferencia, marcando segundos idénticos, mientras la vida de los presentes se aferraba a un soplo de esperanza.
Emma estaba en la habitación junto a su madre. La niña, pequeña, pero valiente, se había convertido en un faro de ternura en medio de tanta oscuridad. Sentada en una sillita de plástico azul, sostenía entre sus manos un muñeco de trapo gastado que nunca la abandonaba. Con la inocencia de su