El amanecer en el hospital llegó gris y silencioso, como si las nubes pesadas se hubieran aferrado al cielo para no dejar pasar la luz. El pasillo olía a desinfectante, a café recalentado y a un leve perfume de flores marchitas que alguien había dejado en una esquina. El sonido repetitivo de los monitores cardíacos se mezclaba con pasos apagados de enfermeras que se deslizaban de habitación en habitación.
Dos días habían pasado desde la detención de Catalina. Dos días en que el mundo parecía ha