La tenue luz del amanecer comenzaba a filtrarse por los ventanales altos de la casona, pintando las paredes de un tono ámbar suave. El canto de los pájaros apenas se escuchaba entre el silencio de la casa aún adormecida. Ana Lucía giró en la cama, enredada entre las sábanas blancas, hasta que un leve golpeteo en la puerta la hizo abrir los ojos con pereza.
—¿Señorita Ana Lucía? —dijo la voz suave y amable de el ama de llaves, desde el otro lado—. Buenos días. Hoy le corresponde llevar a la niña