La mañana amaneció gris, con un cielo encapotado que parecía presagiar que el día no sería sencillo. Desde temprano, un viento húmedo se colaba por las rendijas de las ventanas, trayendo el aroma a tierra mojada después de una lluvia nocturna. En el departamento, el sonido suave del agua goteando desde la canilla mal cerrada de la cocina se mezclaba con el tic-tac del reloj de pared.
Ana Lucía despertó con una sensación extraña. No era solamente el cansancio habitual de los últimos días, sino a