El cielo estaba cubierto por una ligera capa de nubes blancas que dejaban pasar apenas un rayo de sol pálido, como si el día dudara entre ser luminoso o gris. El patio del colegio tenía ese olor particular a césped recién cortado mezclado con tierra húmeda, un aroma que a Emma normalmente le encantaba porque le recordaba las tardes en que su papá la llevaba al parque. Sin embargo, esa mañana, ni la brisa fresca que acariciaba sus mejillas ni el canto lejano de los pájaros parecían importarle.
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