El invierno se estaba retirando con pasos lentos, dejando en el aire un frío suave que aún mordía las mañanas. La ciudad amanecía bajo una neblina tenue, como si alguien hubiera soplado un velo sobre las calles, difuminando las fachadas y el sonido lejano del tráfico. El sol, pálido y tímido, se filtraba a través de las ramas desnudas de los árboles, proyectando sombras largas y frágiles.
En la mansión Cisneros, Ana Lucía se abrochaba la bufanda de lana frente al espejo del vestíbulo. El reloj