La mañana había cedido paso a un mediodía cálido, de esos en que el sol golpea con fuerza, pero el aire aún conserva un soplo fresco que acaricia la piel. Desde la ventana de la cocina de la mansión, Catalina observaba el jardín con una taza de té entre las manos. Sus labios, pintados de rojo intenso, dibujaban una línea recta. Llevaba un vestido de seda color marfil y un peinado impecable, pero sus ojos no transmitían calma. Era la mirada de alguien que calculaba cada paso antes de mover la fi