El cielo aún estaba teñido de un azul profundo cuando Ana Lucía abrió las cortinas de la habitación de Emma. La brisa matutina se coló entre los visillos, trayendo consigo el olor del jazmín húmedo del jardín y el canto lejano de los mirlos. La pequeña dormía hecha un ovillo, aferrada al peluche, con la respiración acompasada de quien, por fin, había tenido una noche tranquila.
—Princesa... —susurró Ana, sentándose con cuidado en el borde de la cama—. Ya es hora de despertar.
Emma se removió en