Trescientos noventa años después de aquella noche que lo cambió todo.
El Valle de la Manzana había trascendido cualquier noción de bosque. Era un ser planetario vivo, un pulmón consciente que cubría gran parte de los continentes. Los árboles dorados brillaban incluso bajo la lluvia, sus raíces formaban redes tan complejas que los científicos las llamaban “el segundo corazón de la Tierra”. El aire olía permanentemente a manzanas maduras y a esperanza.
Lira XXX, de treinta y ocho años, estaba de