Trescientos ochenta años después de aquella noche que lo cambió todo.
El Valle de la Manzana se había transformado en algo que trascendía cualquier descripción. Ya no era solo un bosque. Era un organismo planetario vivo, consciente y profundamente conectado. Los árboles dorados cubrían extensiones continentales, sus copas brillaban como constelaciones caídas y sus raíces formaban una red subterránea tan compleja que algunos científicos la comparaban con un segundo cerebro de la Tierra. El aire