Cuatrocientos años después de aquella noche que lo cambió todo.
El Valle de la Manzana ya no era solo un valle ni un bosque. Era el alma visible del planeta. Los árboles dorados se extendían como un océano de luz que cubría continentes enteros. Sus copas brillaban incluso en las noches más oscuras, y sus raíces formaban una red tan profunda que muchos decían que la Tierra misma latía a través de ellas.
Lira XXXI, de treinta y siete años, estaba de pie en la cima de una nueva torre construida en