Cuatrocientos veinte años después de aquella noche que lo cambió todo.
El Valle de la Manzana se había convertido en algo que superaba cualquier sueño original. Los árboles dorados ya no solo cubrían continentes; flotaban en algunos proyectos experimentales en el cielo, creando bosques suspendidos que brillaban como nubes de oro. La red de raíces conectaba ahora incluso con estaciones orbitales. El bosque era, literalmente, parte del cielo y de la tierra.
Lira XXXIII, de treinta y cinco años, e