Cuatrocientos diez años después de aquella noche legendaria.
El Valle de la Manzana se había convertido en el pulso mismo del mundo. Los árboles dorados cubrían vastas extensiones de tierra, formando un tapiz vivo que se podía ver desde el espacio. Sus raíces conectaban continentes enteros y sus frutos se habían convertido en símbolos universales de coraje y libertad. El bosque ya no pertenecía solo a una familia, sino a toda la humanidad.
Lira XXXII, de treinta y seis años, estaba de pie en la