Ciento treinta años después de aquella noche legendaria.
El Santuario de los Indomables ya no era solo un lugar de peregrinación. Se había convertido en una ciudad-estado autónoma dentro de La Grieta, un refugio donde cualquiera que se sintiera oprimido por sistemas, normas o miedos podía venir a aprender a ser libre. Los árboles de manzanas doradas cubrían toda la colina y parte de los valles cercanos, creando un bosque vivo que brillaba suavemente por las noches.
Lira X, de veinticinco años,