Legado Infinito"

Ciento cuarenta años después de aquella noche que lo cambió todo.

El Santuario de los Indomables se había expandido hasta convertirse en una región entera. Bosques de manzanos dorados cubrían valles enteros. Escuelas, centros de arte, comunidades terapéuticas y laboratorios de investigación coexistían en armonía. La historia de Kael Voss y Lira Sol ya no era solo una leyenda familiar: era parte de la identidad cultural del mundo.

Lira XI, de veinticuatro años, era la actual voz principal del legado. Alta, de cabello negro que caía en ondas salvajes hasta la cintura y ojos que cambiaban de dorado a plateado según su humor, tenía la misma presencia magnética que su tatarabuela. Esa mañana estaba en la cima de la antigua torre, ahora convertida en el Observatorio Eterno, mirando el vasto paisaje que se extendía a sus pies.

A su lado estaba su pareja, Arian, un joven de ojos plateados que había crecido estudiando la historia de la familia.

—Hoy es el día —dijo ella, apretando su mano—. Ciento cuarenta años. Voy a contar la historia completa, sin edulcorar nada.

Arian la besó en la sien.

—Ellos estarían inmensamente orgullosos.

Por la tarde, más de cincuenta mil personas llenaron el gran anfiteatro y las colinas circundantes. Lira XI subió al escenario con una manzana dorada en la mano. Su voz resonó clara y poderosa a través de los altavoces:

—Hace ciento cuarenta años, una mujer entró completamente desnuda en la torre más alta del mundo. No tenía nombre público, no tenía poder, solo tenía una manzana y una voluntad que ningún sistema podía predecir. Esa mujer era mi tatarabuela Lira Sol. Y esa noche, no solo robó una manzana… robó el corazón del hombre que controlaba el mundo.

Contó la historia con detalle crudo y hermoso: el primer beso cargado de odio y deseo, las batallas contra corporaciones y entidades antiguas, las noches de pasión mientras el mundo ardía, los nacimientos, las pérdidas y los reencuentros después de la muerte. Cuando las proyecciones holográficas de Kael y Lira aparecieron en el escenario, la multitud contuvo el aliento.

Al terminar, levantó la manzana dorada hacia el cielo.

—Esta manzana no es un símbolo del pasado. Es un símbolo del futuro. Mientras haya alguien dispuesto a morderla y desafiar al mundo por amor, el legado de mis bisabuelos seguirá vivo.

Mordió la manzana frente a todos.

Una suave luz dorada envolvió el anfiteatro. Por unos segundos, las figuras etéreas de Kael y Lira aparecieron ante la multitud, jóvenes y radiantes. Lira sonrió con esa ferocidad legendaria. Kael inclinó la cabeza con respeto. Luego se desvanecieron en una lluvia de partículas doradas que cayeron como bendición sobre todos los presentes.

Esa noche, la familia se reunió en la casa de la colina. Lira XI se acercó a su bisabuela, quien ya tenía ciento veintiocho años pero conservaba una vitalidad asombrosa.

—Bisabuela… ¿crees que ellos siguen viéndonos? —preguntó.

La anciana sonrió.

—Sé que sí. Siento su presencia cada vez que muerdo una de esas manzanas.

Más tarde, Lira XI y Arian se escaparon al viejo roble. Se desnudaron bajo la luz de la luna y se amaron con la pasión heredada. Arian la tomó contra el tronco del árbol, penetrándola con fuerza mientras ella gemía su nombre. Sus cuerpos se movieron con el mismo fuego que había definido a su familia durante más de un siglo.

Cuando terminaron, se quedaron abrazados sobre la hierba.

—Quiero que nuestro hijo nazca aquí —susurró Lira XI.

—Nacerá aquí —respondió él—. Rodeado del mejor legado posible.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss observaban la escena con inmenso orgullo.

—Ciento cuarenta años —dijo Lira con emoción—. Y siguen eligiendo amarse. Siguen eligiendo ser libres.

Kael la abrazó con fuerza y besó su sien.

—Porque eso es lo que les enseñamos. Que el amor verdadero no se apaga. Solo se multiplica.

Se besaron una vez más, eternos, radiantes y profundamente enamorados.

Al amanecer, Lira XI encontró una nueva manzana dorada sobre su escritorio. Junto a ella, una nota luminosa:

“Ciento cuarenta años después…

y el fuego sigue ardiendo más fuerte que nunca.

Sigan amando sin miedo.

Sigan rompiendo esquemas.

Sigan siendo indomables.

Estamos inmensamente orgullosos de todos vosotros.

Siempre con vosotros.

— L & K”

Lira XI tomó la manzana, le dio un mordisco grande y sonrió al viento con lágrimas en los ojos.

—Gracias, abuelos. Lo seguiremos haciendo. Por siempre.

Y así, la historia del CEO y la Indomable continuó escribiéndose, generación tras generación, como una llama eterna que nunca se apagaría.

Lira XI se quedó mirando la nota luminosa durante varios minutos, dejando que las palabras se grabaran en su alma. Las letras doradas brillaban con suavidad antes de desvanecerse, dejando solo el dulce aroma de la manzana en el aire. Tomó la fruta y le dio un mordisco profundo, saboreando no solo su dulzura, sino todo el peso emocional que llevaba consigo.

Al día siguiente, durante la gran ceremonia del centenario, subió al escenario con la cabeza alta. Decenas de miles de personas llenaban el anfiteatro y las colinas circundantes. Su voz resonó clara y poderosa:

—Hace ciento cuarenta años, una mujer entró completamente desnuda en la torre más alta del mundo. No tenía nombre, no tenía poder, solo tenía una manzana y una voluntad indomable. Esa mujer era mi tatarabuela Lira Sol. Y esa noche, no solo robó una manzana… robó el corazón del hombre que controlaba el mundo.

Contó la historia con detalle crudo y hermoso: el primer beso cargado de odio y deseo, las batallas contra corporaciones y entidades antiguas, las noches de pasión mientras el mundo ardía, los nacimientos, las pérdidas y los reencuentros después de la muerte. Cuando las proyecciones holográficas de Kael y Lira aparecieron en el escenario, la multitud contuvo el aliento.

Al terminar, levantó la manzana dorada hacia el cielo.

—Esta manzana no es un símbolo del pasado. Es un símbolo del futuro. Mientras haya alguien dispuesto a morderla y desafiar al mundo por amor, el legado de mis bisabuelos seguirá vivo.

Mordió la manzana frente a todos.

Una suave luz dorada envolvió el anfiteatro. Por unos segundos, las figuras etéreas de Kael y Lira aparecieron ante la multitud, jóvenes y radiantes. Lira sonrió con esa ferocidad legendaria. Kael inclinó la cabeza con respeto. Luego se desvanecieron en una lluvia de partículas doradas que cayeron como bendición sobre todos los presentes.

Esa noche, la familia se reunió en la casa de la colina. Lira XI se acercó a su bisabuela, quien ya tenía ciento veintiocho años pero conservaba una vitalidad asombrosa.

—Bisabuela… ¿crees que ellos siguen viéndonos? —preguntó.

La anciana sonrió.

—Sé que sí. Siento su presencia cada vez que muerdo una de esas manzanas.

Más tarde, Lira XI y su pareja se escaparon al viejo roble. Se desnudaron bajo la luz de la luna y se amaron con la pasión heredada. Su pareja la tomó contra el tronco del árbol, penetrándola con fuerza mientras ella gemía su nombre. Sus cuerpos se movieron con el mismo fuego que había definido a su familia durante más de un siglo.

Cuando terminaron, se quedaron abrazados sobre la hierba.

—Quiero que nuestro hijo nazca aquí —susurró Lira XI.

—Nacerá aquí —respondió él—. Rodeado del mejor legado posible.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss observaban la escena con inmenso orgullo.

—Ciento cuarenta años —dijo Lira con emoción—. Y siguen eligiendo amarse. Siguen eligiendo ser libres.

Kael la abrazó con fuerza y besó su sien.

—Porque eso es lo que les enseñamos. Que el amor verdadero no se apaga. Solo se multiplica.

Se besaron una vez más, eternos, radiantes y profundamente enamorados.

Al amanecer, Lira XI encontró una nueva manzana dorada sobre su escritorio. Junto a ella, una nota luminosa:

“Ciento cuarenta años después…

y el fuego sigue ardiendo más fuerte que nunca.

Sigan amando sin miedo.

Sigan rompiendo esquemas.

Sigan siendo indomables.

Estamos inmensamente orgullosos de todos vosotros.

Siempre con vosotros.

— L & K”

Lira XI tomó la manzana, le dio un mordisco grande y sonrió al viento con lágrimas en los ojos.

—Gracias, abuelos. Lo seguiremos haciendo. Por siempre.

Y así, la historia del CEO y la Indomable continuó escribiéndose, generación tras generación, como una llama eterna que nunca se apagaría.

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