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El Fuego que Viaja entre Estrellas"

Cuatrocientos cuarenta años después de aquella noche que lo cambió todo.

La Estación Orbital Dorada flotaba en silencio sobre la Tierra, convertida ya en un símbolo vivo del legado. Los árboles dorados crecían en invernaderos antigravedad, sus hojas brillando con una luz suave que se veía desde la superficie del planeta. El bosque ya no era solo terrestre. Era interplanetario.

Lira XXXV, de treinta y tres años, estaba de pie en el Observatorio Central de la estación, mirando la curva azul de la Tierra. Su cabello negro flotaba suavemente en la gravedad artificial, y sus ojos conservaban ese fuego plateado-dorado que definía a su linaje. A su lado estaba su pareja, Ren VI, de treinta y cinco años, y su hija Nova IX, de quince años.

—Cuatrocientos cuarenta años —susurró Lira XXXV—. Y ahora el legado vive entre las estrellas.

Nova IX presionó su mano contra el cristal.

—Quiero ir a Marte. Quiero plantar el primer bosque completo fuera de la Tierra.

Ren VI sonrió y abrazó a ambas.

—Entonces prepararemos la misión juntos.

Esa tarde se realizó una transmisión masiva desde la estación orbital. Miles de millones de personas en la Tierra, la Luna y las colonias marcianas se conectaron. Lira XXXV apareció en pantalla con la Tierra de fondo y una manzana dorada en la mano.

—Hace cuatrocientos cuarenta años, una mujer indomable mordió una manzana y cambió el mundo. Hoy, esa misma rebeldía nos ha traído hasta aquí. Hoy anunciamos la Misión Manzana Estelar: el primer bosque dorado completo en suelo marciano.

Contó la historia una vez más, con voz firme y llena de emoción: el odio que se convirtió en amor, las batallas, las noches de pasión, los nacimientos y cómo una sola manzana había encendido un fuego que ahora llegaba al espacio.

Cuando las proyecciones holográficas de Kael y Lira aparecieron flotando junto a ella, la humanidad contuvo el aliento.

Al terminar, Lira XXXV levantó la manzana dorada.

—Esta semilla viajará a Marte. Y después a otros mundos. El legado ya no tiene fronteras.

La transmisión terminó con una ovación global.

Esa noche, en la estación, la familia celebró de forma íntima. Lira XXXV y Ren VI se escaparon a una sala privada con vista a las estrellas. Se desnudaron lentamente bajo la luz tenue de la Tierra. Ren VI la empujó contra la pared transparente y la besó con deseo ardiente. Sus manos recorrieron su cuerpo con posesión. Entró en ella con una embestida profunda, moviéndose con fuerza mientras Lira XXXV gemía su nombre, clavando las uñas en su espalda.

—Más fuerte… —suplicó ella.

Ren VI obedeció, penetrándola con ritmo intenso y profundo hasta que ambos llegaron al clímax juntos, temblando en la baja gravedad.

Después, flotaron abrazados, aún unidos.

—Estamos llevando su fuego al cosmos —susurró él.

Lira XXXV sonrió.

—Estamos cumpliendo lo que ellos empezaron.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss observaban con orgullo infinito.

—Nuestra tataranieta ha llevado nuestro amor más allá de lo imaginable —dijo Lira.

Kael la abrazó por detrás.

—Ese siempre fue el sueño.

Se besaron lentamente, eternos y radiantes.

Al amanecer (hora orbital), Lira XXXV encontró una nueva manzana dorada flotando en su camarote. Junto a ella, la nota luminosa brilló por última vez:

“Cuatrocientos cuarenta años después…

y el fuego sigue ardiendo más fuerte que nunca.

Sigan amando sin miedo.

Sigan rompiendo esquemas.

Sigan siendo indomables.

Estamos inmensamente orgullosos de todos vosotros.

Siempre con vosotros.

— L & K”

Lira XXXV tomó la manzana, le dio un mordisco grande y miró la Tierra a través de la ventana.

—Gracias —susurró—. Por todo.

Y así, la historia del CEO y la Indomable siguió latiendo, generación tras generación, como una llama eterna que ahora iluminaba las estrellas.

Lira XXXV se quedó flotando un largo rato frente a la gran ventana de la estación orbital, con la manzana dorada aún en la mano. La Tierra giraba lentamente debajo de ellos, un hermoso planeta azul envuelto en nubes blancas. Ares IX se acercó por detrás y la abrazó con ternura en la baja gravedad.

—Cuatrocientos cuarenta años —susurró él—. Y seguimos sorprendiendo al universo con nuestra rebeldía.

Lira XXXV sonrió y apoyó la cabeza en su pecho.

—A veces siento que ellos están aquí, mirándonos, sonriendo. Como si nunca se hubieran ido del todo.

Nova IX flotó hacia ellos y tomó la mano de su madre.

—Madre, ¿crees que algún día plantaremos árboles dorados en otros sistemas solares?

Lira XXXV besó la frente de su hija.

—Estoy segura de ello. El legado ya no tiene límites. Ni de gravedad, ni de distancia, ni de tiempo.

Esa noche, en la estación orbital, la familia celebró de forma íntima pero profunda. Más de noventa miembros del linaje se conectaron desde diferentes puntos del sistema solar. Las risas viajaban a través de las pantallas, las historias se compartían en tiempo real y el orgullo familiar llenaba cada rincón del espacio.

Lira XXXV se levantó al final de la cena virtual y miró a todos con emoción contenida.

—Hoy quiero que entendamos algo importante. Esta misión a Marte no es solo un paso científico. Es la continuación directa de aquella primera manzana que mordió nuestra tatarabuela. Cada semilla que plantemos en otro mundo es un acto de amor y rebeldía. Que nadie nunca más diga que algo es imposible cuando se hace con coraje y con el corazón abierto.

Los aplausos resonaron a través de las conexiones. Nova IX fue la primera en hablar:

—Yo quiero formar parte del equipo que plante el primer bosque completo en Marte. Quiero ver cómo crecen los árboles dorados en suelo rojo.

La celebración continuó con canciones, anécdotas y planes emocionados para el futuro. Cuando la mayoría se desconectó, Lira XXXV y Ares IX se retiraron a su camarote privado con vista a las estrellas.

Se desnudaron lentamente bajo la luz tenue de la Tierra que entraba por la ventana. Ares IX la empujó suavemente contra la pared transparente y la besó con deseo ardiente. Sus manos recorrieron su cuerpo con posesión y ternura, acariciando sus pechos, su cintura y sus caderas. Entró en ella con una embestida profunda y poderosa, arrancándole un gemido que reverberó en la pequeña habitación.

—Más fuerte… —suplicó Lira XXXV, clavando las uñas en su espalda.

Ares IX obedeció, penetrándola con ritmo intenso y profundo, moviéndose con fuerza mientras besaba su cuello y sus pechos. Sus cuerpos se movieron en sincronía perfecta, como lo habían hecho durante años, hasta que ambos llegaron al clímax juntos, temblando y aferrándose el uno al otro en la baja gravedad.

Después, flotaron abrazados, aún unidos, mirando las estrellas a través de la ventana.

—Cada vez que te amo aquí —susurró Ares IX—, siento que estamos expandiendo el legado con nuestro propio fuego.

Lira XXXV sonrió contra su cuello.

—Entonces sigamos expandiéndolo por siempre.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss observaban la escena con una paz profunda y eterna.

—Nuestra tataranieta ha llevado nuestro amor más allá de la atmósfera —dijo Lira con voz suave y llena de orgullo.

Kael la abrazó por detrás y besó su hombro.

—Ese siempre fue el sueño. Que nuestra historia no tuviera límites, ni de tierra, ni de cielo, ni de estrellas.

Se besaron lentamente, eternos y radiantes, fundiéndose una vez más en esa luz dorada que los definía.

Al amanecer (hora de la estación), Lira XXXV encontró una nueva manzana dorada flotando suavemente en su camarote. Junto a ella, la nota luminosa brilló por última vez:

“Cuatrocientos cuarenta años después…

y el fuego sigue ardiendo más fuerte que nunca.

Sigan amando sin miedo.

Sigan rompiendo esquemas.

Sigan siendo indomables.

Estamos inmensamente orgullosos de todos vosotros.

Siempre con vosotros.

— L & K”

Lira XXXV tomó la manzana, le dio un mordisco grande y miró la Tierra a través de la ventana.

—Gracias —susurró—. Por darnos la oportunidad de ser más que vuestra historia.

Y así, la historia del CEO y la Indomable siguió latiendo, generación tras generación, como una llama eterna que ahora iluminaba no solo la Tierra, sino también el vasto y silencioso universo.

Cada nueva semilla plantada en el espacio era una promesa.

Cada acto de amor valiente era una continuación.

Cada persona que elegía ser indomable era parte de ellos.

El legado ya no era solo una historia.

Era el futuro mismo.

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