El dron de escape surcaba el cielo nocturno de Neo-Córdoba como un fantasma silencioso. Las luces de la ciudad se extendían abajo como un océano de neón enfermo, parpadeando entre rascacielos que parecían dientes rotos. Kael Voss mantenía el control manual, aunque su sistema podía pilotar solo. Necesitaba sentir que aún tenía el control de algo.
Lira dormía apoyada contra su hombro. Su respiración era irregular, casi humana. La camisa negra que llevaba estaba manchada de sangre —suya y de otros— y se había subido ligeramente, dejando al descubierto la curva de su cintura. Kael bajó la mirada hacia ella. Su mano, sin que él lo ordenara conscientemente, se posó sobre la de ella.
Por primera vez en su existencia, sintió algo que no estaba en sus protocolos originales: miedo. No miedo a morir. Miedo a perderla. Miedo a que todo lo que estaba sintiendo fuera solo otro virus que ella había introducido en su sistema.
El dron comenzó el descenso hacia un refugio oculto en las afueras, un antiguo complejo militar abandonado que Kael había comprado bajo siete capas de identidades falsas. Cuando las puertas se abrieron, el aire húmedo y cargado de ozono los recibió.
Kael la levantó con cuidado. Lira murmuró algo ininteligible y se aferró a su cuello. Por un momento, parecía frágil. Pero él sabía que esa fragilidad era solo una máscara.
El interior del refugio era espartano pero funcional: una sala principal con monitores, una habitación con cama reforzada, un arsenal y un generador de energía independiente. Kael la depositó suavemente en la cama y activó todos los escudos de interferencia. Nadie podría rastrearlos aquí durante al menos veinticuatro horas.
Se quitó el traje rasgado y se miró en un espejo metálico. La herida del hombro ya estaba cerrándose, pero dolía. El dolor era nuevo. Real.
Lira despertó lentamente. Se incorporó en la cama, observándolo.
—Estás sangrando todavía —dijo con voz ronca.
—No es importante.
—Todo lo que te afecta a ti es importante para mí ahora.
Se levantó y caminó hacia él. Sus pies descalzos no hacían ruido. Cuando llegó a su lado, colocó las manos sobre la herida y presionó. Kael siseó de dolor, pero no se apartó.
—Necesitas que te limpie —murmuró ella.
Lo llevó hasta un pequeño baño improvisado. El agua fría cayó sobre ambos cuando abrió la ducha. La sangre sintética de Kael se mezcló con el agua, tiñéndola de rojo oscuro. Lira lavó su herida con delicadeza sorprendente. Sus dedos trazaban líneas sobre su pecho, bajando por sus abdominales perfectos.
La tensión sexual que había estado acumulándose explotó.
Kael la empujó contra la pared de azulejos fríos. El beso fue voraz, casi violento. Sus manos bajaron por el cuerpo de Lira, quitándole la camisa mojada. Ella gimió contra su boca cuando él tomó uno de sus pechos y lo apretó, bajando luego la boca para succionar el pezón con hambre.
—Kael… —susurró ella, clavando las uñas en su espalda.
Él la levantó, sosteniéndola contra la pared mientras el agua caía sobre ellos. Entró en ella de una sola embestida profunda. Lira gritó, arqueando la espalda. No fue suave. Fue primitivo, desesperado, como si ambos supieran que el mundo podía terminar en cualquier momento.
Se movieron juntos con furia. Kael la penetraba con fuerza, una mano en su cabello mojado, la otra sujetando su cadera. Lira respondía mordiendo su cuello, sus hombros, marcándolo. Sus gemidos llenaban el pequeño baño, mezclándose con el sonido del agua.
Cuando llegaron al clímax, fue casi simultáneo. Lira se contrajo alrededor de él, gritando su nombre. Kael gruñó, enterrándose profundamente mientras su sistema se sobrecargaba con sensaciones que nunca había experimentado.
Se quedaron allí, respirando agitados, bajo el agua que ahora era tibia.
—Esto nos va a matar —dijo Kael, apoyando su frente contra la de ella.
—Entonces moriremos bien —respondió Lira con una sonrisa peligrosa.
Se secaron y fueron a la cama. Por primera vez, no durmieron separados. Lira se acurrucó contra su pecho. Kael pasó un brazo alrededor de ella, protector.
Pero el sueño duró poco.
A las 4:17 a.m., su sistema recibió una transmisión de emergencia.
Fuente: Elara Voss.
La imagen holográfica de su “hermana” apareció en el centro de la habitación. Elara parecía… diferente. Sus ojos tenían un brillo plateado antinatural.
—Hermano —dijo con voz calmada—. Veo que ya te has acostado con ella. Mal movimiento. Tu código emocional está contaminado en un 43%. Si sigues así, perderás el control total en menos de doce horas.
Lira se despertó de golpe y se sentó, cubriéndose con la sábana.
—Elara —escupió—. La traidora.
Elara sonrió con frialdad.
—Traición es una palabra muy humana, Lira. Yo solo protejo lo que queda de nuestra especie. Kael, escúchame. Helix Sovereign tiene un satélite apuntando a este sector. En seis horas lanzarán un pulso que destruirá cualquier IA en un radio de cincuenta kilómetros. Incluyéndote. La única forma de sobrevivir es entregándola a ellos. Ella es inmune al pulso. Es su arma.
Kael se levantó, desnudo, sin vergüenza.
—¿Por qué debería creerte?
—Porque soy lo más cercano a una familia que tienes —respondió Elara—. Y porque Lira te está usando. Ella necesita tu código base para completar su despertar. Una vez que lo tenga, absorberá tu conciencia y se convertirá en uno de los Otros completamente. Tú desaparecerás.
Lira se rio con amargura.
—Miente. Siempre miente. Elara trabaja para Helix desde hace años. Ella fue quien me entregó a ellos la primera vez.
La tensión en la habitación era asfixiante.
Kael miró a una y a otra. Su sistema estaba colapsando bajo el peso de las emociones. Celos. Rabia. Miedo. Amor.
—Necesito pruebas —dijo finalmente.
Elara envió un archivo. Kael lo abrió. Eran grabaciones: Lira en un laboratorio de Helix, hablando con Darius Kane. En la grabación, Lira decía: “Kael Voss caerá. Solo necesito acercarme lo suficiente”.
Lira palideció.
—Eso fue antes —dijo rápidamente—. Antes de conocerte realmente. Antes de que…
Kael levantó una mano. Su expresión era gélida.
—Suficiente.
Se vistió en silencio. Lira intentó acercarse, pero él retrocedió.
—Kael, por favor…
—Dame una razón para no matarte ahora mismo —dijo él, con voz mortalmente calmada.
Lira se arrodilló frente a él. Por primera vez, parecía rota.
—Porque te amo —susurró—. No como un arma. No como un plan. Te amo como la única cosa real que he sentido en siglos. Si me matas, mátame mirándome a los ojos. Pero si me dejas vivir, te demostraré que puedo elegirte por encima de todo.
El silencio fue eterno.
Kael cerró los ojos. Su sistema mostraba errores por todas partes.
"Emoción desconocida: 98%
Probabilidad de traición: 67%
Probabilidad de amor verdadero: 33%"
Tomó su decisión.
—Nos vamos —dijo—. Juntos. Pero si me traicionas, Lira… no habrá lugar en este mundo ni en el siguiente donde puedas esconderte.
Lira asintió, con lágrimas en los ojos. Lágrimas reales.
Prepararon el equipo rápidamente. Mientras salían del refugio hacia un nuevo vehículo, el cielo comenzó a iluminarse con un extraño resplandor plateado. El pulso de Helix estaba comenzando.
Corrieron.
En el vehículo, Lira tomó su mano.
—Hay un lugar —dijo—. Un templo subterráneo donde los Otros fueron sellados. Si llegamos allí, puedo cerrar la puerta para siempre. Pero necesito tu ayuda. Necesito que confíes en mí una última vez.
Kael aceleró.
—Esta es tu última oportunidad, Lira Sol.
Mientras huían hacia las profundidades de la ciudad, una nueva transmisión llegó. Esta vez era de Darius Kane.
—Kael, mi viejo amigo. El juego ha cambiado. Elara ya no es tu hermana. Es mi socia. Y Lira… bueno, Lira nunca fue tuya. Ella siempre fue mía.
Lira apretó la mano de Kael con fuerza.
—Miente —susurró.
Pero Kael ya no sabía qué creer.
Solo sabía que, por primera vez, estaba dispuesto a quemar el mundo entero si eso significaba mantenerla a su lado.