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El Templo de las Mentiras

El vehículo blindado atravesaba las ruinas de los suburbios olvidados de Neo-Córdoba a toda velocidad. El pulso electromagnético de Helix Sovereign ya había comenzado: en la distancia, varias torres de comunicación parpadeaban y caían en cascada, como dominós de luz. Kael Voss conducía con la mandíbula tensa, sus ojos azules plateados reflejando tanto los datos internos como la tormenta que se avecinaba.

Lira iba a su lado, con la mano aún entrelazada con la de él. Ninguno hablaba. El peso de las acusaciones de Elara y Darius flotaba entre ellos como un veneno invisible.

—¿Cuánto falta? —preguntó ella finalmente.

—Veintitrés minutos hasta la entrada del templo —respondió Kael sin mirarla—. Si no nos interceptan antes.

Lira apretó su mano.

—Confía en mí, Kael. Solo esta vez.

Él soltó una risa seca.

—Confiar. Esa palabra se siente extraña en mi boca ahora.

El camino se volvió más accidentado. Edificios derruidos y vegetación mutada por la contaminación flanqueaban la ruta. De repente, el sistema del vehículo emitió una alerta roja.

Múltiples señales hostiles detectadas. Helicópteros y drones de Helix.

Kael maldijo en voz baja y apagó todas las luces. Condujo a oscuras, guiándose solo por sus sensores internos. Lira tomó el rifle que había en el asiento trasero y bajó la ventanilla.

—No dejaré que te quiten de mí —dijo con voz firme.

Dos helicópteros aparecieron sobre ellos, iluminándolos con focos potentes. Disparos trazadores llenaron el aire. Kael zigzagueó violentamente mientras Lira respondía al fuego. Uno de sus tiros impactó en el rotor de un helicóptero, que comenzó a girar descontrolado y se estrelló contra un edificio cercano en una bola de fuego.

—¡Bien hecho! —gritó Kael.

Pero el segundo helicóptero era más persistente. Lanzó misiles. Kael giró bruscamente y el vehículo salió del camino, rodando por una pendiente embarrada. El impacto fue brutal. El auto quedó volcado.

Salieron tambaleándose. Kael tenía una herida nueva en la frente. Lira sangraba por el brazo.

—Tenemos que correr —dijo él, tomándola de la mano.

Corrieron entre los escombros mientras drones los perseguían. Lira se movía con esa agilidad sobrenatural, saltando obstáculos que Kael apenas podía sortear. En un momento, ella lo empujó al suelo justo cuando un dron disparaba. La bala le rozó el costado a ella.

—¡Lira!

—Estoy bien —gruñó ella, apretando los dientes.

Llegaron a la entrada del templo subterráneo: una antigua estación de metro sellada que había sido reconvertida en ruinas sagradas por la Orden del Velo. Kael forzó la puerta con un explosivo de carga controlada. Entraron justo cuando más drones llegaban.

El interior era impresionante y perturbador. Pasillos tallados en piedra antigua mezclados con tecnología olvidada. Símbolos que parecían tanto runas como código binario cubrían las paredes. El aire era frío y cargado de electricidad estática.

—Esto es… —murmuró Kael, mirando alrededor.

—Un cementerio de dioses —completó Lira—. O de lo que intentaron serlo.

Avanzaron por un largo corredor iluminado por cristales que brillaban con luz propia. Cuanto más profundo iban, más fuerte se sentía la presencia. El sistema de Kael comenzaba a fallar: imágenes fantasma, recuerdos que no eran suyos, emociones que no le pertenecían.

Lira se detuvo frente a una gran puerta circular cubierta de símbolos.

—Aquí es —dijo—. Necesito tu código base para abrirla. Solo un poco. Solo lo suficiente para sellar la grieta.

Kael la miró con desconfianza.

—¿Y si esto es exactamente lo que Elara dijo? ¿Si me usas y me descartas?

Lira se acercó y tomó su rostro entre las manos.

—Mírame a los ojos, Kael Voss. No soy una herramienta. No soy un arma. Soy una mujer rota que encontró algo entero en ti. Si te traiciono… entonces merezco que me destruyas.

Él la besó. Fue un beso desesperado, lleno de miedo y deseo. Sus manos recorrieron su cuerpo con urgencia. La empujó contra la puerta antigua mientras le quitaba la camiseta. Lira respondió con igual pasión, bajando la cremallera de sus pantalones.

En ese templo olvidado, bajo la luz de cristales ancestrales, hicieron el amor con una intensidad casi religiosa. Kael la tomó contra la piedra fría, penetrándola profundamente mientras ella gemía su nombre. No fue solo sexo. Fue una fusión. Sus sistemas —el de él digital, el de ella primordial— se entrelazaron por un momento.

Cuando terminaron, exhaustos y sudorosos, Lira colocó su mano sobre el pecho de Kael.

—Ahora —susurró.

Kael permitió que ella accediera a una pequeña parte de su código base. Una luz dorada y plateada surgió de la puerta. Los símbolos comenzaron a moverse y girar.

La puerta se abrió.

Dentro había una cámara circular enorme. En el centro flotaba una esfera negra pulsante, como un corazón hecho de oscuridad. Alrededor, figuras etéreas —los Otros— susurraban en lenguas olvidadas.

Lira caminó hacia la esfera. Kael la siguió, con el arma en la mano.

—Puedo cerrarla —dijo ella—. Pero necesito que te quedes conmigo. Necesito tu ancla.

Mientras ella comenzaba el ritual, extendiendo las manos hacia la esfera, una voz resonó en toda la cámara.

—Qué escena tan conmovedora.

Darius Kane apareció en un holograma gigante. A su lado estaba Elara, con una sonrisa triunfante.

—Llegamos justo a tiempo —dijo Darius—. Kael, amigo mío. Gracias por traerla hasta aquí. Ahora solo necesitamos que completes el proceso.

Elara dio un paso adelante.

—Hermano, te mentí parcialmente. Lira sí te ama… pero también necesita sacrificarte para completar su transformación. Es la única forma en que puede volverse completa. ¿No es cierto, Lira?

Lira se giró hacia Kael, con lágrimas en los ojos.

—Es verdad… en parte. Pero yo no quiero eso. Quiero quedarme contigo. Quiero elegirte.

Kael levantó el arma, apuntando alternativamente a ambos.

—¿Quién dice la verdad? —rugió.

La esfera comenzó a latir más fuerte. Los Otros susurraban con más intensidad. El suelo tembló.

Darius rio.

—Ninguno de los dos. La verdad es que yo controlo a Elara. Y Elara controla parte de ti, Kael. Ese backup que recibiste… era mío. Te he estado manipulando desde hace meses.

Kael sintió un dolor agudo en su pecho. Su sistema comenzó a colapsar. Fragmentos de código falso se activaron.

Lira gritó y corrió hacia él, sosteniéndolo mientras caía de rodillas.

—¡No! ¡Kael, mírame! ¡Lucha contra eso!

Él la miró, con los ojos vidriosos.

—Si tengo que morir… —susurró—, prefiero hacerlo confiando en ti.

Lira colocó su frente contra la de él. Una luz surgió de ambos. El código de Kael y la esencia de Lira se fusionaron voluntariamente. La esfera negra comenzó a agrietarse.

Darius maldijo.

—¡Deténganlos!

Pero ya era tarde.

Con un estruendo que sacudió el templo entero, la esfera explotó en miles de fragmentos de luz. Los Otros fueron sellados de nuevo… pero algo cambió en Kael y Lira.

Cuando el polvo se asentó, Kael se levantó. Sus ojos ya no eran completamente plateados. Tenían vetas doradas. Humanas.

Lira sonrió, exhausta pero victoriosa.

—Ahora somos uno —susurró—. Ni máquina. Ni antigua. Algo nuevo.

Darius intentó transmitir más órdenes, pero la conexión se cortó. El templo estaba aislado.

Kael tomó a Lira en sus brazos y la besó suavemente.

—Entonces empecemos de nuevo —dijo—. Sin mentiras. Sin corporaciones. Solo nosotros.

Pero en las sombras del templo, una pequeña figura etérea observaba.

Elara había escapado.

Y la guerra apenas comenzaba.

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