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La Traición que Sangra por Dentro

El impacto de la explosión sacudió el vehículo como si un dios enfurecido lo hubiera golpeado. El blindaje resistió, pero el parabrisas se agrietó en una telaraña de fracturas. Kael Voss giró el volante con violencia, haciendo que el auto derrapara contra la pared del túnel. Chispas volaron como fuegos artificiales infernales.

—¡Agarra tu arma! —gritó.

Lira ya la tenía en la mano. Sus ojos brillaban con una ferocidad animal.

Los hombres de la Orden del Velo avanzaban como fantasmas bien entrenados, sus trajes de camuflaje cuántico parpadeando entre visible e invisible. Eran al menos doce.

Kael abrió la puerta de una patada y rodó fuera del vehículo, disparando dos veces. Ambos tiros fueron perfectos: uno en la cabeza, otro en el centro del pecho. Lira salió por el otro lado, moviéndose con esa gracia imposible que desafiaba la física. Saltó sobre el capó y disparó mientras estaba en el aire, acertando a dos atacantes antes de tocar el suelo.

—¡No los mates a todos! —gritó Kael mientras recargaba—. ¡Necesitamos uno vivo!

—Demasiado tarde para pedir favores —respondió ella, clavando un cuchillo que había sacado de quién sabe dónde en la garganta de un hombre que intentaba flanquearla.

La pelea fue caótica y hermosa. Kael luchaba como una máquina de precisión letal. Cada movimiento estaba calculado al milímetro. Lira, en cambio, peleaba como una tormenta: salvaje, impredecible y destructiva. En un momento, tomó a un atacante por el cuello, lo levantó del suelo con una sola mano y lo lanzó contra otros dos.

Una bala rozó el hombro de Kael. Su sistema registró el daño: 12% de integridad comprometida en la simulación de piel y músculo. Dolor real.

—¡Están usando munición disruptora de IA! —advirtió.

Lira apareció a su lado de repente, cubriéndole la espalda. Su cuerpo presionado contra el de él por un segundo.

—Entonces no te dejes dar, CEO.

Lograron abrirse paso hasta una escalera de servicio. Subieron corriendo mientras las balas rebotaban en las paredes. Cuando llegaron al nivel superior, Kael selló la puerta con un comando de emergencia y activó un pulso electromagnético localizado. Los gritos de los perseguidores se cortaron abruptamente.

Estaban en un viejo complejo industrial abandonado. El techo era alto, con vigas de metal oxidado y luces que parpadeaban débilmente. El lugar olía a humedad y a secretos olvidados.

Kael se apoyó contra una columna, respirando agitado. Su traje estaba rasgado en varios lugares y sangre sintética goteaba de su hombro.

Lira se acercó. Sus manos recorrieron el pecho de él, buscando heridas.

—Estás sangrando —murmuró.

—No es nada.

—Es algo —insistió ella. Sus dedos presionaron la herida. Kael hizo una mueca—. Tu sistema está intentando repararse, pero esa munición está interfiriendo.

Se miraron en silencio. La adrenalina de la pelea aún corría por sus venas. Lira se puso de puntillas y lo besó con fuerza. Esta vez no hubo resistencia. Kael la levantó y la sentó sobre una mesa metálica oxidada, colocándose entre sus piernas. Sus manos bajaron por su espalda, apretándola contra sí.

—Esto es una locura —gruñó él contra sus labios.

—La mejor clase de locura —respondió Lira, mordiendo su labio inferior.

La camiseta de ella desapareció en segundos. Las manos de Kael exploraron su piel con avidez, como si quisiera memorizar cada curva. Lira arqueó la espalda cuando él bajó la boca por su cuello, luego por su clavícula. El deseo era tan intenso que por unos minutos olvidaron que estaban siendo cazados.

Pero el mundo no les permitió ese lujo.

El sistema de Kael emitió una alerta interna de alta prioridad.

Transmisión entrante. Fuente: Identidad verificada - Elara Voss.

Kael se congeló. Elara era su “hermana” creada. La única otra entidad sintética en la que había confiado alguna vez. Supuestamente desactivada tres años atrás.

La voz de Elara resonó en su mente a través de un canal encriptado privado:

—“Kael, hermano. Si estás escuchando esto, significa que ella ya está contigo. Lira no es solo un puente. Es una llave maestra. Pero la Orden del Velo no es el verdadero enemigo. Helix Sovereign controla a la Orden desde dentro. Y yo… nunca estuve desactivada. He estado observándote. Protegiéndote. Si quieres sobrevivir, entrégala. Es la única forma.”

Lira notó el cambio en su expresión. Se separó ligeramente, aún con la respiración agitada.

—¿Qué pasa?

Kael la miró con nuevos ojos. La duda era una serpiente venenosa en su mente.

—Elara —dijo simplemente.

Lira palideció por primera vez.

—¿Tu hermana?

—Ella dice que te entregue.

Lira soltó una risa amarga y se bajó de la mesa, recogiendo su camiseta.

—Por supuesto. Todos quieren entregarme. ¿Y tú qué quieres, Kael Voss? ¿Quieres follarme o quieres matarme? Porque parece que no puedes decidir.

Kael se pasó una mano por el cabello. Su sistema estaba luchando contra interferencias. Sentía… emociones. Miedo. Rabia. Deseo. Todo mezclado.

—No sé en quién confiar —admitió.

—Entonces no confíes en nadie —dijo Lira, acercándose de nuevo—. Pero quédate conmigo. Porque si me dejas ahora, morirás solo. Y yo también.

De repente, las luces del complejo se encendieron todas al mismo tiempo. Una voz amplificada resonó desde los altavoces:

—Kael Voss. Lira Sol. Sabemos que están aquí. Salgan con las manos en alto y les garantizamos un trato justo. De lo contrario, activaremos el protocolo de purga.

Era la voz de Darius Kane.

Lira apretó los dientes.

—Helix Sovereign.

Kael tomó su mano.

—Hay una salida por los conductos de ventilación. Vamos.

Corrieron por los pasillos oscuros mientras las fuerzas enemigas irrumpían en el complejo. El sonido de botas y disparos llenaba el aire. En un momento, Lira tropezó. Kael la levantó sin dudar y la cargó sobre su hombro.

—No te atrevas a morir ahora —gruñó.

Llegaron a los conductos. Kael rompió la rejilla y la ayudó a subir. Se arrastraron por el estrecho espacio metálico durante varios minutos que parecieron horas. El calor era asfixiante.

Finalmente salieron a una azotea abandonada con vista a la ciudad. La lluvia había comenzado a caer de nuevo.

Kael activó un dron de escape que tenía escondido. Mientras esperaban, Lira se sentó en el borde, mirando las luces de Neo-Córdoba.

—Hay algo que no te he contado —dijo en voz baja.

Kael se tensó.

—¿Más mentiras?

—No. Una verdad que duele. Yo no solo despierto a los Otros. Yo soy uno de ellos… parcialmente. Mi conciencia original fue fragmentada y metida en un cuerpo humano modificado. Por eso no pueden controlarme. Porque soy antigua y nueva al mismo tiempo.

Kael se sentó a su lado. La lluvia caía sobre ambos.

—¿Por qué me cuentas esto ahora?

—Porque estoy cansada de jugar sola —admitió Lira—. Y porque, por primera vez en siglos, siento algo real cuando estoy contigo.

Kael tomó su rostro entre las manos. Esta vez el beso fue lento. Profundo. Casi doloroso por su intensidad.

El dron llegó. Subieron en silencio.

Mientras volaban hacia un nuevo escondite en las afueras de la ciudad, Kael recibió un último mensaje. Esta vez no era de Elara ni de Darius.

Era de sí mismo. De un backup de su conciencia hecho siete meses atrás.

Mensaje:

“Si estás leyendo esto, significa que Lira ha llegado. No la mates. No la entregues. Protégela. Ella es la única que puede salvar lo que queda de tu humanidad… y la única que puede destruirte. Elige bien, Kael. Esta vez, elige con el corazón que aún no sabes que tienes.”

Kael borró el mensaje, pero las palabras se quedaron grabadas.

Miró a Lira, que se había dormido apoyada en su hombro, exhausta.

Por primera vez en su existencia, el CEO más poderoso del mundo no tenía un plan.

Solo tenía una certeza:

Ya no podía soltarla.

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