Doscientos setenta años después de aquella noche que lo cambió todo.
El Valle de la Manzana ya no era un valle. Era un continente entero de luz y memoria viva. Los árboles dorados se extendían hasta donde el ojo podía alcanzar, formando un bosque que respiraba con el ritmo del mundo. Sus frutos no se comían por hambre, sino por ritual. Cada mordisco era un acto de recuerdo y rebeldía.
Lira XXI, de treinta y un años, caminaba sola por el sendero central del bosque más antiguo. Su cabello negro c