El día comenzaba a oscurecer, y el aire en la mansión se sentía más pesado que nunca. Aitana estaba sentada en el borde de su cama, con la vista perdida en la ventana. Afuera, las sombras de la tarde se estiraban lentamente, cubriendo cada rincón del jardín. Su mente, enredada en una tormenta de pensamientos, no encontraba descanso.
Sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba hacer algo tan simple como respirar. No sabía qué camino tomar ni en quién confiar. Lo peor de todo es que, despu