La noche en la mansión había caído como un manto sombrío, ocultando cualquier rastro de luz que pudiera guiar a quienes buscaban esperanza. Aitana estaba de pie en el centro del despacho de Adrián, observando la oscuridad que se reflejaba en los ventanales. El aire era pesado, y el silencio, opresivo.
Adrián la observaba desde el otro extremo de la habitación. Sus ojos reflejaban un brillo de satisfacción mezclado con una cautela mal disimulada. Había logrado llevarla al borde, empujarla hasta