El jet privado sobrevolaba el Atlántico Sur, un santuario de lujo y silencio suspendido entre el cielo plomizo y el océano infinito. Dentro de la cabina, el zumbido de los motores era lo único que rompía la quietud. Yo estaba sentada junto a la ventanilla, observando cómo las nubes se deshilachaban como algodón sucio. Llevaba un vestido de seda gris que no recordaba haber comprado y un anillo de oro en el dedo anular que me resultaba extrañamente familiar, aunque no evocaba ninguna emoción.
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