El horizonte de la ciudad emergió entre la bruma matinal como un bosque de acero y cristal que ya no me pertenecía. Al aterrizar en el helipuerto de la torre Wetsler & Klein, el silencio habitual fue reemplazado por el estruendo de sirenas y el parpadeo azul de convoyes militares que rodeaban el edificio. No era una bienvenida; era un cerco. Liam me tomó del brazo con una firmeza que bordeaba la desesperación, guiándome hacia el ascensor privado mientras Marcus y su equipo de seguridad formaban