El estruendo de la explosión en la esclusa exterior fue amortiguado por las capas de plomo, transformándose en un sordo latido que sacudió los cimientos del búnker. Liam se apostó tras el escritorio de caoba, con el arma firme y la mirada clavada en la puerta que empezaba a ceder bajo la presión del equipo de asalto de la ONU. El humo se filtraba por las grietas, y el brillo de las linternas tácticas cortaba la penumbra analógica de la cámara.
—¡Marta, ahora! —gritó Liam, su voz tensa por la ad