El aire de Ginebra era gélido y portaba el aroma metálico del lago Leman. El Palacio de las Naciones se alzaba ante nosotros como un monumento a una paz que, en nuestro mundo, era inexistente. Caminé por la alfombra roja flanqueada por Marcus y un equipo de seguridad de élite, sintiendo el peso del vestido de gala —un diseño de alta costura que servía de armadura— y el calor constante de la llave de plata contra mi pecho.
Liam se detuvo en la entrada lateral, ajustándose un auricular invisible.