El silencio de los Alpes era absoluto, una pureza blanca que contrastaba con el fango de secretos que habíamos dejado atrás en el Palacio de las Naciones. Desde el ventanal del chalet, las luces de Ginebra parecían estrellas distantes y diminutas, un mundo que acabábamos de incendiar con la verdad. Me senté frente a la chimenea, envolviéndome en una manta de lana, sintiendo el calor del fuego intentar descongelar el entumecimiento que el video de mi padre había dejado en mi pecho.
Liam entró en