El jet privado aterrizó en la pista privada de la corporación bajo una lluvia persistente que lavaba la sangre y el hollín de nuestras ropas, pero no la fatiga de nuestras almas. Al bajar por la escalerilla, el aire frío de la ciudad nos golpeó con la realidad: el mundo seguía girando, ajeno a que el linaje Varga había sido decapitado en una cisterna bizantina.
Liam caminaba a mi lado, con la mirada perdida en el horizonte de rascacielos. Ya no era el CEO arrogante que me recibió con un contrat