El silencio que siguió a la revelación del plan de mi abuelo fue más ensordecedor que cualquier discusión que hubiéramos tenido. Liam sostenía el documento amarillento como si fuera un mapa hacia una redención que no estaba seguro de merecer. Yo, por mi parte, me sentía vacía; la carga de ser la ejecutora de una voluntad ajena finalmente se había desprendido de mis hombros, dejándome expuesta.
—Así que el viejo siempre confió más en ti que en su propia sangre —dijo Liam, rompiendo el silencio