La noche previa a la junta de accionistas no fue de descanso, sino de estrategia pura. Liam y yo nos encerramos en el despacho de la suite, rodeados de documentos legales y tazas de café frío. El rastro de Sebastian Varga —ahora autoproclamado Sebastian Klein— era casi inexistente, lo que lo hacía doblemente peligroso. Alguien lo había estado preparando en las sombras para este momento exacto.
—Mi abuelo siempre fue un hombre de planes de contingencia, pero esto... esto se siente como una traic