La lluvia de Ginebra caía como agujas de cristal sobre el asfalto agrietado. Liam avanzaba por las calles empedradas del casco antiguo, esquivando las patrullas de ciudadanos histéricos y los restos humeantes de drones estrellados. Su figura era una sombra entre las sombras, moviéndose con una precisión mecánica que solo el miedo por la vida de otra persona puede otorgar. En su oído, el auricular analógico siseaba con una estática que se transformaba, por momentos, en mi voz.
—Liam... a la izqu