El amanecer sobre los Alpes no trajo la claridad habitual, sino un resplandor grisáceo filtrado por el humo de las ciudades que aún ardían en el valle. Abandonamos el refugio de la bodega en un convoy de dos todoterrenos blindados de la era pre-electrónica, vehículos que Marcus había rescatado de un museo militar y que funcionaban con diesel puro y voluntad mecánica. El silencio de la radio era absoluto; el mundo se había encogido al alcance de nuestra vista.
Yo iba en el asiento del copiloto,