Emerger de los túneles del CERN fue como despertar en medio de un naufragio planetario. El cielo de Ginebra, antes vigilado por una red invisible de satélites de precisión, estaba ahora surcado por el resplandor de incendios distantes y las luces erráticas de drones que habían perdido su rumbo. El silencio tecnológico era ensordecedor. Sin la Red Dorada para amortiguar las fluctuaciones del mercado y las tensiones sociales, la ciudad se había convertido en un hervidero de pánico primario.
Liam