El estruendo de los ventiladores de emergencia ahogó el grito de advertencia de Liam. De las paredes de obsidiana surgieron torretas automatizadas de defensa cinética, escaneando la sala con láseres de un rojo quirúrgico.
—¡Marta, hazlo ya! —rugió Liam, derribando una mesa de control para usarla como parapeto mientras las primeras ráfagas de balas de alta velocidad impactaban contra el suelo de cristal—. ¡No podemos aguantar aquí más de cinco minutos!
Me arrodillé frente al procesador central.